Juan Andrés Fontaine
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Las controvertidas expresiones del presidente de los empresarios en el último Encuentro Nacional de la Empresa (Enade) no fueron lo más novedoso del evento. El dirigente se limitó a revelar, sin circunloquios, la desazón que sienten muchos emprendedores ante la montaña de regulaciones que ha levantado el Estado. Más incisivo, y quizá menos diplomático, en mi opinión, fue el llamado de atención que dirigió el ex Primer Ministro de Estonia a nuestro ministro de Hacienda, luego de oír la visión oficial sobre nuestro camino al desarrollo: Chile podría más, le espetó. El timonel de Hacienda es orador elocuente y hábil polemista. Su discurso fue un encendido alegato en favor de su gestión, esgrimiendo variadas estadísticas y conceptos para refutar las críticas surgidas ante el lento crecimiento de los últimos meses y el inesperado renacer de la inflación. Hacia el final de la exposición anunció interesantes modificaciones tributarias, necesarias para destrabar ciertas operaciones financieras, las cuales, sea porque fueron presentadas muy sucintamente, o por carecer de contenido suficiente, hicieron en la audiencia el efecto de una dieta mezquina. El empresariado espera de la autoridad una mirada realista, consciente de las dificultades que se viven, y un buen programa de acción dirigido a resolver los problemas. Pero la defensa presentada por el ministro dejó una inconveniente imagen de complacencia. El crecimiento del PIB, de apenas 4,1% en los últimos doce meses, obedecería tan sólo al prolongado feriado de Fiestas Patrias y a ciertas adversidades climáticas. Ni una palabra respecto a que también el año pasado fuimos víctimas de factores puntuales negativos, los que hacían razonable esperar ahora un mejor desempeño. El magro resultado que estamos obteniendo sugiere que algo está fallando en nuestra capacidad de crecimiento y llama a la autoridad a tomar cartas en el asunto. No es que falten estímulos a la demanda. El gasto público crecerá un 8% real este año, aunque los elevados desembolsos que exige el Transantiago, mediante un subterfugio contable, no se anotan como gasto sino como crédito. Para el próximo año se contempla otro fuerte incremento en el presupuesto fiscal. Para los siguientes se anuncia la introducción acelerada, y electoralmente oportuna, de la Pensión Básica Solidaria. Mientras tanto, la expansión monetaria alcanza al 20% anual y la tasa de interés de corto plazo es negativa en términos reales. El exceso de demanda explica por qué las alzas internacionales de los alimentos y combustibles han golpeado tan fuertemente sobre el IPC. El Gobierno exime a nuestras políticas de toda responsabilidad, pero no repara en que Brasil, Colombia y Perú, creciendo más rápido y presumiblemente afectados por similares alzas de costos, exhiben hoy tasas de inflación menores a las nuestras. El Banco Central -con o sin el apoyo del Gobierno- deberá endurecer su política monetaria. Es una buena noticia que ayer, en el estreno de José de Gregorio como su nuevo presidente, y contraviniendo las expectativas, haya resuelto elevar moderadamente la tasa de interés. Actuar decididamente contra la inflación, le ahorrará tener que recurrir mañana a medidas más severas. Nuestra falta de dinamismo económico se debe al debilitamiento de los incentivos para expandir la capacidad productiva. El Gobierno se felicita con razón de la aceleración reciente de la inversión productiva. Pero exagera la nota cuando la cataloga de récord histórico, utilizando para ello la peculiar medición a precios constantes. Esa medida pretende cuantificar la acumulación real de capital, pero está sujeta a demasiados problemas prácticos y conceptuales como para entregar una indicación útil. La práctica internacional es medir la inversión fija en moneda corriente, la que ascenderá este año a un mediocre 20% del PIB. Es cierto que el catastro de proyectos en carpeta suma US$ 44.000 millones, pero tratándose de obras a efectuarse a lo largo de tres o más años, no representan una fracción muy alta de nuestro producto, que ya asciende a más de US$ 160.000 millones anuales. Pese a las inmejorables condiciones internacionales, no estamos viviendo en Chile el necesario auge de la inversión. Los obstáculos a los que se refirió el presidente de la Confederación de la Producción y del Comercio están haciendo daño. El retroceso en materia de legislación laboral se ha hecho patente ahora que la Dirección del Trabajo ha pasado a dictaminar qué contrataciones o subcontrataciones son permisibles. Paradójicamente, la estatal Codelco es hoy la víctima más visible de la intromisión estatal en la gestión de las empresas, pero ella también se hará sentir con fuerza sobre el sector privado. Mientras tanto, los costos laborales suben rápido, el empleo comienza a estancarse y los equipos creativos de la coalición de gobierno elucubran nuevas iniciativas de legislación laboral, acordes con la temporada electoral que se avecina. En la visión de la autoridad, el actual ritmo de crecimiento de 5% anual es satisfactorio porque nos llevaría a alcanzar el 2020 el actual nivel de un país como Portugal. Ello nos calificaría como país desarrollado, lo cual, se señala, es refrendado por la pronta incorporación de Chile a la OCDE, el club de los países ricos. Imponerse como meta alcanzar a Portugal dice mucho de la falta de vocación pro crecimiento que aqueja al Gobierno y la correspondiente desesperanza del sector privado. Las callejas de Lisboa son un maravilloso destino turístico, pero no la hacen un modelo de dinamismo económico. En el país del "fado", la nostalgia de la riqueza pasada y de los sueños tronchados se siente en cada esquina. En Chile, las expectativas frustradas, la sensación de oportunidad perdida, de salto inconcluso al desarrollo, comienzan también a adquirir una tonalidad melancólica. Quizá algo de ello haya en la pesadumbre que se ha dejado caer sobre nuestro mercado bursátil. Antes nos propusimos cruzar el umbral del desarrollo para el bicentenario. Nos imaginamos alcanzando un ingreso semejante al de España. Dirigiéndose a los empresarios en Enade, Mart Laar, ex Primer Ministro de Estonia, nos urgió como país a aspirar a más. A intentar incluso lo que parece imposible. Trece años atrás Estonia abandonó la economía socialista y emprendió un audaz programa de reformas pro mercado. Un instrumento clave fue el establecimiento de una tasa plana de impuestos, inicialmente de 26%, hoy rebajada al 20%, sobre la renta de las personas y la utilidad distribuida de las empresas (las utilidades reinvertidas son exentas). Lleva ocho años creciendo al 9% por año. Partiendo desde una posición más distante de Portugal que la nuestra, con orgullo exhibe hoy un ingreso por habitante similar al de la nación ibérica. El energético arquitecto de las reformas, y declarado admirador del modelo chileno, no pudo disimular su decepción al escuchar de los labios del ministro Velasco que recién el 2020 alcanzaríamos una posición semejante. Tiene razón, urge apurar el tranco y una buena reforma tributaria puede darnos el impulso que falta. |
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