Rodrigo Fica
Montañista


Rodrigo Fica
Rey Muerto, Rey Puesto (Estrecho de Nuestro Sueños IV)

Tras la pausa que el feriado del miércoles 16 impuso, retomamos la historia de la Nomenklatura, ese grupo de organizaciones gubernamentales que impuso, en nombre de la seguridad y la protección ambiental, restricciones de acceso tan severas para visitar Antártica que, en los hechos, nadie que no perteneciera a ellas pudo ir.

Política que permitió que países menos aventajados (como el nuestro) pudieran equiparar la influencia antártica que otras naciones más desarrolladas podrían haber desplegado. De no haber existido las limitaciones de operaciones que el Sistema del Tratado Antártico estableció, tales sociedades habrían terminado por copar Antártica merced a su mayor potencia económica, demográfica y militar. Con tal “ayuda”, lo único que un país “pequeño” debía hacer para estar a la vanguardia era que hiciera tres cosas: diplomacia, ciencia y presencia.

Si bien Chile hizo bastante de lo primero (aunque poco de lo segundo), no fue sino la instalación de bases y el despliegue logístico las que nos convirtieron en interlocutores válidos y líderes en la cuestión polar. Mientras la Nomenklatura reinó, nuestro país pudo usar las reglas del juego a su favor y ganar, sacando ventaja evidentemente del hecho que somos el país (junto a Argentina) que más cerca está de Antártica.

Tengo varios ejemplos para ilustrar tal preeminencia, siendo el mejor de ellos las instalaciones nacionales establecidas en la isla Rey Jorge. No sólo por la base Teniente Marsh, o la creación de Villa Las Estrellas, sino que por la visionaria pista de aterrizaje ahí establecida y controlada por Chile, la cual aún hoy es la compuerta logística para quienes deseen viajar hacia y desde Península Antártica.

Pero los tiempos cambian, generándose nuevos escenarios que obligan a las instituciones y sociedades a adaptarse. O morir. Y en este caso, estaba ocurriendo una revolución en las telecomunicaciones, habían aparecido nuevos sistemas de información geográfica y estaba la sensación ambiente, al menos para una parte influyente de la humanidad, que el mundo se estaba convirtiendo en un lugar demasiado aburrido. A estos factores se sumó la última gota que rebalsó el vaso: la caída de la Unión Soviética.

Sí pues. Dado que la desaparición de este imperio liberó del uso militar una cantidad no despreciable de barcos, aviones y helicópteros, elementos que los ex-estados comunistas pusieron a disposición del mundo civil debido a su urgente necesidad de dinero fresco. Cuento corto, una cosa llevó a la otra y tales elementos aterrizaron, literalmente, en el mundo del turismo.

Estos navíos no eran de lujo, pero sí tenían mayor potencia y alcance, además de ser más económicos. Su utilización hizo más competitiva la industria turística como un todo, permitiendo, entre otras cosas, el surgimiento a precios razonables de nuevos programas basados en la visita de lugares remotos. Que llegaran a Antártica era sólo cuestión de tiempo, y cuando ocurrió... ardió Troya.

Porque, de repente, para ir a los Polos, ya no era necesario pedir permiso o suplicar, coimear y vender el alma para solicitar un cupo dentro de los proyectos oficiales. No. Ahora, bastaba con... ¡tomar un crucero!

Sumado al hecho a que se produjo una “brecha” en la forma de cómo obtener los permisos. A diferencia de lo que había ocurrido hasta ese entonces (que la Nomenklatura actuaba monolíticamente para negarlos), ahora la necesidad de divisas de “ciertos” países hizo que éstos relajaran los requisitos para entregarlos, provocando que, por ejemplo, si querías ir a Antártica y un país “A” se negaba a autorizarlo, pf, qué importaba, ahora se lo podías pedir a un país “B” donde era más fácil$ hacerlo. Y las mismas sui-generis normas del Sistema del Tratado Antártico, que antes lo habían impedido todo, ahora actuaban en el otro sentido, puesto que obligaban al país “A” a homologar sin chistar lo que el país “B” autorizaba.

Y aquí ya nadie pudo parar el efecto dominó. Estos simples hechos desencadenaron otros que, a su vez, terminaron en mayores libertades para ir. No puedo olvidar el caso de los veleros privados (que aquí en Chile asociamos a gente rica, pero que en otros países es una opción de vida que también pertenece a la clase media), los cuales comenzaron a dirigirse hacia la costa Antártica a todo evento. A veces, sin ni siquiera molestarse en avisar.

Ante eso, el perfecto edificio de la legalidad construido por las organizaciones antárticas hizo agua y comenzó a caer, debido increíblemente gracias a esa natural inquietud que tienen los humanos de ver cómo son las cosas. O sea, el Rey Turismo. En cualquiera de sus expresiones. Convencional, contemplativo, de aventura, cultural, explorador o cómo quieran llamarlo. Compuesto por jóvenes, viejos, amarillos, negros, flojos y aventureros. Diferentes por fuera y por dentro, pero, al final, turistas todos.

Fenómeno insobornable, incontrolable y molesto, que los convirtió en aquellos observadores imparciales que comenté en la columna anterior. Fueron ellos, al llegar de visita, que delataron que el combustible quemado se tiraba en cualquier parte, que los soldados regresaban con piedras a sus hogares, que las bases no reciclaban sus deshechos, que había desidia general para conservar el medio-ambiente y que no por una base tener el rótulo de “científica” o “militar”, los hacía ipso-facto en adalides del medio ambiente.

Críticas que, obviamente, no cayeron bien.

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