Rodrigo Fica
Montañista
Resumiendo.
Creo en Antártica y en que Chile debe proyectarse en ella no importando qué. Pero lamentablemente hoy en día nuestro pueblo desconoce lo equivocado de la actual política Antártica nacional, estrategia que, de no cambiar, nos hará perder un regalo del cielo.
Para explicar el por qué de esta situación, y debido a que es un problema estructural que se larvó décadas atrás, hay que remontarse primero a eventos internacionales ocurridos en la década del 50. Específicamente a las consecuencias del Tratado Antártico, cuya firma, a pesar de los evidentes beneficios que trajo, dejó la llave del acceso a este continente sólo en manos de las instituciones antárticas de los países firmantes. Éstas conformaron un cinturón administrativo (que estoy llamando Nomenklatura) que, en los hechos, los transformó en latifundistas polares que se demoraron nada en no dejar entrar a nadie que no perteneciera o se debiera a ellos.
Debo decir que estas “organizaciones” a las que hago referencia no eran (o son) perversas, sino que tan sólo entes que tratan de hacer las cosas para las cuales fueron creadas. Proceso en el cual, como no tienen a vista los objetivos macros de quienes las fundaron, en el largo plazo acaban por perder el rumbo y pisarle los dedos a quienes dicen servir. Característica que, déjenme agregar, amenaza a cualquier tipo de organización, sea un club de fútbol, un partido político, una empresa o las fuerzas armadas.
Reflexión muy teórica que, ya aterrizándolo al caso de Antártica, explica por qué apenas formada la Nomenklatura, y en nombre de la seguridad y conservación ambiental, se erigió una enorme muralla de requisitos a completar para quienes quisieran dirigirse al continente blanco. Condiciones que eran de tal laya que en los hechos se revelaron imposibles de cumplir (a menos, claro está, que se tuviera mucha influencia "política", como en los casos de los vuelos transpolares de Elgin Johne, en 1971, o el de Brooke Knapp, en 1983).
Uno puede llegar a entender estas barreras burocráticas, o al menos la lógica que existe tras ella, puesto que una de las directrices a seguir era preservar el patrimonio antártico. Pero, en nombre de lo correcto, exageraron, convirtiéndose no en el filtro para separar los proyectos extraordinarios de los irresponsables, sino que derechamente en una instancia mañosa que ejerció una política obstructiva, la cual tuvo dos serias consecuencias.
La primera de ellas (algo ya esbozado en la columna pasada), es que mermó la calidad de los involucrados en la temática antártica. Aquellos líderes naturales, gente creativa, hombres poseedores de nuevas visiones acerca de cómo lidiar con Antártica, sencillamente no tenían cabida en la estructura establecida por la Nomenklatura y terminaron siendo marginados.
Parece una tontera, pero no lo es. Puesto que estas instituciones, en vez de nutrirse de “los mejores”, comenzaron a llenarse de oficinistas obesos, preocupados sólo de no meter la pata y de cómo aumentar sus influencias, para así lograr ser ellos, y no los verdaderos especialistas, en ser los elegidos para la siguiente campaña polar. El hecho que de los 90 días que tal individuo va a estar en dicho continente, igual va a estar sentado frente a un escritorio similar al que ya tiene en la oficina urbana, es, pf, nada más que un detallito.
El segundo gran problema de la dictadura de la Nomenklatura fue que durante décadas no permitió la existencia en terreno de observadores independientes, gente que pudiera delatar los excesos ambientales que estaban ocurriendo. Puesto que, sorpresa, sorpresa, a pesar de los Tratados, Acuerdos y Protocolos (que los “expertos” antárticos son tan dados a recitar de memoria) igual se cometieron crímenes ambientales. Eventos que no fueron denunciados ni castigados como se debía, puesto que quienes supuestamente tenían tal rol, estaban vinculados a la Nomenklatura y generaron reportes con tanta transparencia como la de un cristal ahumado.
No hay mejor ejemplo de esta distorsión que lo ocurrido con el reactor nuclear colocado en Mc Murdo.
¿No lo sabían? Ja, por supuesto que no. Puesto que se le ha puesto un manto de silencio a la crítica histórica sobre dicho evento, evitando así la vergüenza pública de explicar cómo se pretendía preservar ambientalmente Antártica tomando tal tipo de decisiones.
El asunto ocurrió en Mc Murdo, la principal base de entrada a Antártica que tiene EE.UU. (vía Nueva Zelanda). Debido a la demanda energética que experimentó dicha estación, y los costos involucrados para solucionarla, en 1962 los norteamericanos echaron a andar una central nuclear, con lo cual, quizás no estaban rompiendo ningún reglamento adjunto al Tratado Antártico (pregunten a los “expertos”), pero sí definitivamente su espíritu. Si hubiera habido en aquel entonces, transparencia y debate público de verdad, ese proyecto jamás se hubiera materializado debido al peligro ambiental subyacente. Como al final el susodicho reactor fue un fracaso, y fue retirado en 1972, nadie hace mucho aspaviento ahora al respecto. Ni tampoco de los 11 mil metros cúbicos de tierra radioactiva que debieron ser evacuados (¡101 toneladas!).
Otros excesos fueron más sutiles, pero igualmente desconocidos. Como lo ocurrido en 1956-1957 en Hallet Station, instalaciones neozelandesas-norteamericanas, en la ribera sur del Mar de Ross. Para hacerle espacio a una pista de aterrizaje, tuvieron que destruir los roqueríos donde se localizaba una colonia de 600 pingüinos. Olvidaron, claro, que éstos intentarían regresar para hacer sus nidos, produciéndose una triste lucha entre homínidos y aves por tomar posesión. Al final, nuestra especie "ganó", al erigir una barricada hecha con toneles de combustible para evitar que los chilli-willy entraran (a todo esto, Hallett Station terminaría siendo abandonada en 1973).
A estos ejemplos se suman otros, como cuando se comenzó a descubrir, para espanto de muchos, que gracias a la desidia general las bases científicas mostraban una increíble falta de precaución ambiental, casos que torpedearon directamente el viejo mito que “Ciencia” es sinónimo de “Conservación" (del ecosistema). Craso error, puesto que si bien hay muchos científicos que se preocupan del tema, también hay otros que derechamente les importa un pepino, llegada la hora de llevar a cabo sus investigaciones.
Si estos excesos son criticados y conocidos hoy, sólo fue porque comenzaron a llegar a Antártica otras personas que pudieron comentar imparcialmente lo que veían, haciendo públicas sus críticas al regresar. Obligando a la Nomenklatura a sacudirse la modorra, dar verdaderas respuestas y hacer cambios.
Y todo eso ocurrió, quien lo iba a decir, gracias al Turismo.
|
Posteado por: Edison Montes G. 02/07/2008 13:52 [ N° 1 ] |
Plop |
|
Posteado por: Adolfo Dell´Orto 03/07/2008 14:17 [ N° 2 ] |
Buena Fica, ni idea de lo que comentabas. Por qué será que cosas así no nos extrañen? Estaremos acostumbrados? cuál será el siguiente paso en esta materia? saludos |
| Do | Lu | Ma | Mi | Ju | Vi | Sa |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 2 | 3 | 4 | |||
| 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 |
| 12 | 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 |
| 19 | 20 | 21 | 22 | 23 | 24 | 25 |
| 26 | 27 | 28 | 29 | 30 | 31 |