Rodrigo Fica
Montañista


Rodrigo Fica
Cinturón de Castidad (Estrecho de Nuestros Sueños II)

Si escuchamos en las noticias hablar de expediciones o viajes a la Antártica, probablemente de inmediato nos venga el impulso de asociarlos a las grandes instituciones nacionales, tales como las Fuerzas Armadas, el Gobierno u otros entes similares.

 

Es obvio. Queda tan lejos y cuesta tanto ir, que para nosotros la única forma de entenderlas es si son llevadas a cabo por organizaciones que tengan el mandato y los recursos para hacerlas.

 

Lo curioso es que no siempre fue así. Hubo un período de tiempo, especialmente el comprendido entre 1800 y 1960, en que una sobresaliente parte de las exploraciones, reconocimientos e investigaciones antárticas se debieron no a las políticas de largo plazo de supra-entes nacionales, sino que gracias a iniciativas privadas, hechas por sobresalientes individuos con liderazgo y motivación.

 

El mejor de los ejemplos, y a la vez el más grande éxito, fue Amundsen, cuya expedición al Polo Sur entre 1910 y 1912 fue el resultado de un proceso que él creó, desarrolló y condujo. Nada de comités de hombres buenos y sabios a quienes se les ocurre de repente hacer algo entretenido, sino que el fruto de la ambición de un simple ciudadano.

 

No es el único caso. También tienen a Shackleton, quien, entre otras cosas, fue el responsable de la expedición Nimrod (intento al Polo Sur en 1909, faltándole sólo 180 kilómetros) y la del Endurance (intento de cruce transpolar, 1914-1916).  Y hay más; Smither, Mauson, Nordenskjöld, Weddell, Bransfield, Palmer, Gerlache, Wilkins, Ellsworth o incluso Byrds.

 

El cambio de esta visión, de un continente remoto siendo explorado libremente por la pasión de personas con nombres y apellidos, a este enfoque más “nacional” que pareciera existir hoy, no fue el resultado de un lento proceso que se fue dando con el tiempo de forma natural. Nada que ver. Fue abrupto, producto de un hecho bien puntual: el surgimiento del Tratado Antártico.

 

 

Ocurrió a partir del Año Geofísico Internacional (1957-1958), cuando un coordinado esfuerzo multinacional estableció un acuerdo marco para ver como lidiar con la problemática antártica, debido a que las presiones por las pretensiones territoriales y la explotación comercial amenazaba con salirse de control. Tal convenio fue suscrito en 1959 y firmado por los siguientes 12 países (que pasarían a llamarse “signatarios”): Argentina, Australia, Bélgica, Chile, EE.UU., Francia, Japón, Noruega, Nueva Zelanda, Reino Unido, URSS y Sudáfrica. Dentro de estos, pretensiones territoriales sólo fueron establecidas por Australia, Gran Bretaña, Francia, Noruega, Nueva Zelanda, Reino Unido y Chile; la URSS y los EE.UU. no, pero se reservaron el derecho a hacerlo. Después, con los años, otros países se fueron incorporando (como “adherentes”), llegando a los más de 40 que hoy en día, de una u otra manera, lo subscriben.

 

 

El Tratado Antártico (y sus acuerdos derivados) trajo orden al caos, estipulando cosas importantes, tales como el uso pacífico de Antártica, la importancia de la ciencia, la necesidad de cooperación internacional en cuento a las actividades que allí se realicen y la designación de observadores que velen por su cumplimiento.

 

Hasta aquí, perfecto. Y necesario, porque la situación tal como estaba iba directo al desastre, con serias amenazas de explotaciones mineras, contaminación industrial y ejércitos marchando hacia el Polo. Así es que desde ese punto de vista, claro que sí, gracias.

 

El problema es que, por otro lado, quedó la semilla de una distorsión que décadas después le terminaría por estallar en la cara a Chile: el Tratado permitió y estimuló la acumulación de poder en los respectivas estructuras antárticas que existían en cada país, las cuales no se demoraron nada en tomar medidas para controlar estrictamente el acceso, estableciendo una impenetrable muralla burocrática que los convirtió en los verdaderos nuevos dueños. En nombre de la paz, la ciencia y la humanidad, no dejaron pasar a nadie (salvo, claro está, ellos mismos).

 

 

Esto generó un conflicto de proporciones, puesto que fuera de esta nueva Nomenklatura quedaron los individuos herederos de Amundsen o Shackleton. Personas de espíritu aventurero, determinación organizativa y reconocida expertise, que eran definitivamente mucho mejores elementos que esos oficinistas de timbre y estampillas que quedaron a cargo, los cuales se hacían (y hacen) llamar expertos antárticos sólo porque se aprendieron de memoria los artículos del Tratado. Es fácil adivinar lo que ocurrió. Como aquellos eran una amenaza al poder que éstos detentaban, los marginaron.

 

Hay varios ejemplos al respecto. Uno particularmente ridículo, aunque también polémico, fue el caso de Edmund Hillary (sí, el mismo del Everest), quien en 1958, a cargo de colocar depósitos de apoyo para el cruce transpolar que intentaba hacer Vivian Fuchs, una vez terminada su tarea se fue hacia el Polo Sur "sin permiso" (sería el tercer arribo, tras Amundsen y Scott). En realidad, Fuchs había dado algo así como su consentimiento a Hillary (y aquí radica parte de la polémica), pero eso no quitaría que los actos de Hillary se transformaran en una afrenta para el Ross Sea Committee (que técnicamente controlaba los movimientos de Hillary), puesto que ellos le habían ordenado no ir más lejos del último depósito establecido. Ante esto, Hillary diría en sus memorias que "si un explorador esperara siempre por los permisos de un comité, nada podría realizarse... o todo sería hecho demasiado tarde".

 

También está el caso de Wilson, que deseaba ser el primer hombre en subir la montaña más alta de Antártica (el Vinson) y cuyo único pecado era no ser miembro de la Nomenklatura. En este caso, fueron las instituciones estadounidenses quienes pusieron el peso de su poder para anticipársele, por un lado obstaculizándolo a más no poder, por otro, aliándose con el American Alpine Club para levantar un proyecto propio. Adivinen quién ganó.

 

Las décadas siguientes, del 60 hasta mediados del 90, las cosas empeoraron. Los países signatarios del Tratado Antártico (en realidad, sus instituciones antárticas oficiales) hicieron lo indecible para desalentar y oponerse a cualquiera expedición privada a Antártica, cerrando con ello el acceso a quienes realmente eran los mejores para desenvolverse en un continente esencialmente salvaje. Usando razones como la necesidad de conservar el medio ambiente y evitar problemas de seguridad, los burócratas sólo dejaron pasar a sus científicos, a sus militares y a los apitutados de siempre.

Chile no estuvo al margen de este fenómeno...

 

 

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3 Comentarios publicados
Posteado por:
Edison Montes G.
18/06/2008 12:52
[ N° 1 ]

Me agrada este estilo, capítulo a capítulo.
Esto me permite documentarme mas desde otras fuentes ya que Rodrigo desarrolla un buen e interesante tema, hace la pausa y disponemos del tiempo para profundizar.
Espero con ansias la publicación de la próxima semana.
Atte.
Beekeeper

Posteado por:
Odellober Olbap
18/06/2008 18:06
[ N° 2 ]

Bueno ¿pero se viene algo polemico o pura historia? Donde esta la escencia del tener una tribuna abierta en un medio publico es poder contar cosas que a los demas les molesten y que nadie quiera decir.
Vamos con Chile y los culpables de siempre!

Posteado por:
Rodrigo carrillo flores
24/06/2008 20:38
[ N° 3 ]

durante 3 años tuve la oportunidad de trabajar en periodos estivales en ese territorio, a través del buque antártico "Viel" de nuestra Armada, y muchas veces fuimos párticipes como marinos de no saber para quienes estabamos al servicio, es así como innumerables oportunidades abastecimos y prestamos apoyo abases internacionales de paises que ostentaban ese privilegio, pero que probablemente habían negiciado el apoyo a través del mineisterio de RREE.
En fin después de que la Armada decretara el cierre de la Base "PRAT" viene la mentalidad de prestar servicios como salvaguardar la vida humana en el mar, asi se creó la capitanía de puerto de fildes y alcaldías de mar de rada Covadonga y Bahía Paraíso.
Bueno es sólo solo que se vive en ese territorio.

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